viernes, 25 de junio de 2010

ALGUNAS IMPRESIONES SOBRE EL TRIUNFO DEL FRENTE AMPLIO, por Mateo Dieste

ALGUNAS IMPRESIONES SOBRE EL TRIUNFO DEL FRENTE AMPLIO


1. Mujica.
Señores: acéptenlo de una buena vez. Sí, ese que se expresa mal, ese ex guerrillero, ese desaliñado, en definitiva, ese tipo que va en contra de la representación simbólica que muchos tienen de un presidente uruguayo, hoy ganó. Y ganó porque hay muchos que ya han superado ciertas pretensiones vanidosas sobre la imagen de un presidente: no les importa verlo engominado, no les importa verlo bien trajeado, no les importa si es capaz de ser sobrio y diplomático, pues han tomado conciencia, o, más precisamente, presienten —apresuradamente o no— que todo ello podría encubrir un fraude sobremanera repetido. Ciertamente, es una lástima, pues los atributos académicos y el barniz intelectual deberían representar, en primer lugar, virtudes y no defectos morales. En fin, uno podría preguntarse (y empleo el pronombre indeterminado a propósito) si la humildad sólo es posible para quien vive bajo determinadas condiciones que de algún modo lo puedan limitar.
Ganando siempre resultados inmediatos («en la chiquita»), en su proselitismo ad hoc, ni Sanguinetti, ni Lacalle, ni Batlle hubieran imaginado que estaban sentando las bases de un ejercicio de la política que hoy resulta intolerable por más del 50% del electorado uruguayo. La autenticidad de Mujica ha cambiado las formas de las «garantías» exigibles a un político; la gente lo quiere tanto que se ha podido abstraer de su fachada y no le pide elocuencia y erudición; al contrario, quieren que sea así, sencillo, tal como ellos. Por eso ganó en las internas y ahora en el balotaje, porque es una figura que se corresponde con el pathos popular, es decir, ha logrado concentrar y expresar la sensibilidad de la mayoría de los votantes, acaso reducible a una sola palabrita: basta (¿basta de qué? Basta de hombres protocolares con prurito de reyes, basta de sus monólogos autárquicos, basta de oligarquías plutocráticas de tradición hereditaria. Basta de indiferencia hacia nosotros).
Con la próxima presidencia del «Pepe», desde ya se nos rompen los esquemas. Ello no hubiera sido posible con Tabaré, porque de alguna manera él siguió respetando los la forma del presidente modelo: un tipo prudente, garboso, recto y bueno (1), pero que no es sustituible por uno cualquiera. Más que en sus líderes particulares, hoy se tiene confianza en el Frente Amplio, lo cual nos indica un cambio muy significativo, ya que por regla general la gente vota un rostro y no un partido, y, sin embargo, hoy no podríamos verificar esta regla: se ha votado casi independientemente de las peripecias —tenebrosas para unos, admirables para otros— de una biografía, dado que ésta ha sido inscripta en las dimensiones de una coalición de izquierda. Es algo que se advierte en las multitudes frenteamplistas: en un principio llevaban bastantes banderas de los distintos sectores, ahora son únicamente tricolores.
Con todo, no hemos dicho nada nuevo. Cualquier politólogo apartado de sus estadísticas lo está diciendo por ahí. En el número especial de Brecha luego de las elecciones, p. ej., varios columnistas expresaron opiniones por cierto más interesantes que la nuestra. Pero ni siquiera esta falsa modestia nos podría hacer callar, de modo que así seguiremos, escribiendo para no languidecer...

2. Los partidos tradicionales.
¿Qué sucederá con los partidos tradicionales? ¿Qué será de la historia de los partidos políticos —junto con el Partido Laborista inglés— más longevos del mundo? ¿Se desvanecerán así, como si nada, o quedarán condenados a obedecer las normas frenteamplistas para lograr subsistir? La futurología (¿o escatología...?) no es sana, pero de vez en cuando es útil para agitar.
Después del 29 de noviembre, quedaron sepultados los protagonistas de la política uruguaya de los últimos veinte años. Es el diagnóstico optimista que hacen los frenteamplistas, y no es demasiado iluso después de todo. En efecto, las condiciones parecen estar: está el apoyo de la mayoría de la gente, está la importante aprobación a la gestión de Vázquez (que se extiende a los sectores de la oposición), y está, por encima de todo, cierta atmósfera que empieza a predominar poco a poco; son las bases del giro —llamémosle así— cualitativo que un gobierno de izquierda debe o debería hacer. Todo indica que blancos y colorados, si no pretenden extinguirse, deberían acompañar ese cambio cambiándose a ellos mismos. Se trata de un problema existencial. Las bases ideológicas y orgánicas de estos partidos están en conflicto, por eso hay una disyuntiva: o se actualizan, o pierden votos. Claro, «actualización» no quiere decir aquí «transformación», porque si la desnaturalización sería la forma de seguir participando en la política, entonces ese partido se convertiría en una organización infame y decadente, incapaz de ofrecer confianza a los nuevos votantes.
Ahora bien: ¿y si los partidos tradicionales no cambian? Bueno, allí surgiría un grave problema. Si continúan con las mismas estrategias de captación de votos, la sociedad uruguaya permanecerá dividida entre quienes se ven afectados por el miedo y la autoridad que transmiten las campañas políticas retrógradas, y quienes son indiferentes o aun combatientes a ellas. La demagogia embrutecería aún más a la gente y sería el Estado —como no podría ser de otra manera— quien asumiría la responsabilidad de establecer un equilibrio, pues sería una tácita e indirecta batalla contra un enemigo legitimado pero no deseado. Se pensaría en una ley de medios, en penalizaciones a algunas modalidades específicas de la actividad, en cláusulas de orden público (obligatorias) para la contratación de publicidades, en órganos de contralor a los partidos, etc. Se buscaría limitar el ejercicio de la política en nombre del interés general, todo lo cual luce muy bonito, pero no. La creación de normas jurídicas conlleva la potencialidad de su evasión, y, peor aún, la pereza de la conciencia, puesto que ésta depende siempre de alguien (la norma) que le enseñe el camino, y no de su propio esfuerzo. Decidirse por la pluma y el papel y no por la oratoria desde el cajoncito de feria en la plaza pública, es también una convicción y una apuesta a ciegas, naturalmente, pero es algo esencialmente utópico porque trata de remover la cultura de una sociedad. Por ello las normas, las reglas, los requisitos, serán siempre formas accesorias a este propósito, y, en efecto, jamás una solución definitiva.

3. Bordaberry.
¡Y pensar que parecía un pésimo intento de buen vecino! ¡Ahora será el conductor de la derecha uruguaya! Bordaberry logró con su «acting» de párroco frente a rutinarios feligreses (utilizo el anglicismo para connotar frivolidad) se distanció de la campaña más clásicamente derechista de Lacalle, e incluso pudo sobresalir por encima de los fósiles que lideran la gerontocracia del Partido Colorado. Sin lugar a dudas, su campaña fue (conforme a la situación del Partido Colorado) la mejor: distanciada de la tradición de su propio partido en ciertos aspectos, desvinculada de la omnipresente figura de Batlle y Ordoñez, superficial y con mucho marketing. Fue algo joven y nuevo, por ello aparecieron esas otrora inexplicables juventudes coloradas. Como lo calificó Sandino Núñez con acierto, Bordaberry es un «emoticon», alguien que no dice nada, y, precisamente por esa habilidad, sólo cuenta su rostro nuevo y jovial; todo argumento se suprime con enorme facilidad y así prevalece la imagen. Pedro es show, esa es la clave. Logró omitir su apellido nefasto primero («Vamos con Pedro»), y, más tarde, su propio nombre («Vamos Uruguay»), de ese modo, quien no conoce absolutamente nada de nuestra historia reciente, quien tampoco tiene la más remota idea de lo que significa el Partido Colorado para el país, es decir, el adolescente que se lanza por primera vez a la urna con toda candidez e inconsciencia, observa a muchos ancianos y a uno diferente, un poco más parecido a él, pulcro y encamisado, parecido al tío Pancho y todo... ¿¡qué más hace falta para votarlo!? Así se comporta un tipo de joven colorado; hay otros que son menos sofisticados y votan maquinalmente según lo que dictamine el prejuicio hereditario.
Según esta perspectiva, entonces, no sería aventurado anunciar el liderazgo de Bordaberry en la derecha uruguaya durante los próximos años. Más: podría ser el próximo candidato importante de la oposición; el siguiente contrincante del Frente Amplio. Pero suspendamos aquí las profecías, que ya existe un amplio grupo de personas que se dedican a ese oficio.

Mateo Dieste


Notas.

(1) Estos adjetivos van a modo de ilustración, nada más. Tranquilos muchachos, manténganse en sus cabales que ya tendremos una oportunidad para bajarle el hacha a Tabaré.

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