lunes, 28 de junio de 2010

La esencia del genio: singularidad de su naturaleza y la necesaria autonomía para su estudio, por Víctor Montero Cam

La esencia del genio: singularidad de su naturaleza y la necesaria autonomía para su estudio

Por: Víctor Montero Cam

En esta oportunidad quisiera aclarar algunas cuestiones que me asaltan desde hace varios años en torno a la naturaleza, características, orígenes, peculiaridad y papel histórico en torno a la figura del genio. A raíz de varias observaciones a mi artículo “El Genio o sobre plagios, coincidencias, imitaciones, ejemplos y c... (1) recibidas por algunos colegas e intelectuales, me he animado a desarrollar ahora varios puntos que considero básicos para plantear adecuadamente el tema de la genialidad. En primer lugar, considero que es una lástima que el tema haya perdido interés debido a lo que denominaría en el mejor sentido posible la estandarización, homogeneización o democratización de los patrones de creatividad. “Justos pagan por pecadores” o el error profundo de nuestra sociedad actual que intenta medir a todos con el mismo rasero, dejando de lado la riqueza y la complejidad que distinguen la humanidad particular de cada individuo. La democracia política ha traído sin duda grandes beneficios para la adquisición de derechos humanos para grandes mayorías de la población mundial. Me alegro muchísimo por estos valiosísimos e indiscutibles aportes para la humanidad. Sin embargo, considero al mismo tiempo que este proceso también ha traído una serie de problemas en torno a la comprensión de un fenómeno que considero vital para la configuración de la identidad cultural de un pueblo, de una nación. Sin genios nacionales la identidad cultural de un pueblo se diluye y carece de singularidad espiritual.

¿Podríamos pensar fácilmente en la vida espiritual de Grecia sin Sócrates o en la de Alemania sin Goethe, en la de Inglaterra sin Shakespeare o en la de Italia sin Dante o en la de España sin Cervantes o en la del Perú sin Vallejo? Pienso que sería muy difícil borrar los nombres de estos genios fundadores sin dejar de alterar seriamente los contornos culturales y espirituales de los pueblos en los que estos creadores desarrollaron su vida y su obra.

Quiero agradecer aquí públicamente a algunas personas cuyas ideas me han sido útiles para el desarrollo de las ideas que expondré a continuación. Luis Alvizuri, José Luis Herrera, Mario Garvich, Luis Solari Reinoso y Fernando Gutiérrez Almeira son los nombres de cinco intelectuales independientes cuyas ideas me han sido de innegable valor para replantear las características que asigno a la genialidad y que son fruto de algunos años de reflexiones personales sobre el tema. Recuerdo que hace algunos años planteaba el tema del genio en dos círculos filosóficos entre amigos intelectuales independientes. Me refiero a las discusiones llevadas a cabo en el antiguo Cenáculo san borjino en casa del Embajador Antonio Belaúnde Moreyra en las que la Dra. María Luisa Rivara de Tuesta y Gustavo Flores Quelopana tuvieron un indiscutible protagonismo intelectual, pese a las diferencias formativas y distintas líneas de interés académico de ambos pensadores. También tuve oportunidad de abordar este tema en casa de mi apreciado y singular amigo Luis Solari, autor –dicho sea de paso- de una original teoría del protagonista (2) que considero próxima en algunos aspectos a la teoría del genio cuyo esbozo es mi propósito delinear en las líneas siguientes.

Tal como el título de este artículo señala, considero que hay dos aspectos que tienen que considerarse para un adecuado planteamiento de la genialidad. En primer lugar, no es posible hablar del genio sin reconocer la originalidad creativa de su aporte. No todos podrían ser fácilmente considerados como genios fundadores de una nación. Y es al esclarecimiento de este tipo de genio en particular –pues la clasificación de la genialidad podría ser prácticamente infinita de otro modo- hacia el que mis mayores esfuerzos intelectuales van dirigidos. El genio es singular, único, original o no es tal. No es posible hablar de genios si no existe la huella de la personalidad del autor y la marca distintiva de su espíritu en su obra. El genio fundador imprime a la cultura de un pueblo rasgos que antes no tenía o, en todo caso, no eran claramente visibles. Una de las características del genio fundador consiste en hacer visible lo que de otro modo no sería distinguible. Y la peculiaridad de su aporte consiste en hacerlo con tal fuerza, intensidad, significatividad y lucidez expresivas que una vez que el genio lo ha hecho no es posible asociar su aporte al de su cultura y a la región determinada del saber o de la acción humanas sin tergiversar o minar significativamente la esencia misma de la materia de estudio. Es decir, la contribución del genio fundador inaugura un antes y un después de él. Marca un hito histórico. Un genio fundador generalmente marca una época histórica, una tendencia cultural o instaura un movimiento de renovación social en un pueblo. De ahí que no me sea posible compartir una afirmación como aquella que señala que la creación genial está básicamente delimitada por sus circunstancias y se explica enteramente por ellas. Dicho relativismo sería mediocrizar de tal manera su figura que prácticamente todos podrían ser genios o afirmar ingenuamente –sin suficiente respaldo argumentativo histórico, sociológico y cultural- que el genio es básicamente un producto explicable casi exclusivamente a partir de los intereses o necesidades de su sociedad y sería ella la que lo reconocería como tal. Considero que esta tesis sostenida por Luis Alvizuri (3), sin dejar de ser cierta en algunos casos, como en el de los pseudo genios o los genios mercenarios, no es válida para el fenómeno de lo que precisamente denomino los genios fundadores, cuyo propósito y determinación son tales que estos orientan –con conciencia y voluntad explícitas- el destino de sus pueblos y no son simples títeres de personajes con poder político y económico que obedecen a mezquinos y oscuros intereses de grupúsculos o resultado exclusivo o predominante de factores extrínsecos o circunstanciales.

El genio abre una puerta y deja ver cosas que antes no eran (fácilmente) visibles. Ciertamente el genio es fruto de su época y de su contexto histórico cultural, pero no se reduce a ellos. Su singularidad vital, su capacidad original para desarrollar una propuesta propia permite realizar una especie de corte transversal en la antigua configuración de un estado de cosas o de una realidad sociohistórica anterior a la de su aparición en escena. Nascitur Genius, nascitur Novo Ordo. Por eso los genios fundadores tienen la capacidad de adelantarse a su época, oteando el porvenir de un pueblo al hundir su mirada en las raíces históricas que alimentan su vida espiritual. Un genio que no se alimenta de su historia cultural específica –la de su pueblo- no es un verdadero genio. En ese sentido, no sería imaginable pensar en ninguno de los genios fundadores que mencionaba al principio de mi pregunta, si es que se separa su existencia individual de la cultura de un pueblo que ha sido precisamente reconfigurada por ellos. No obstante, los genios son, a su vez, resultado evolutivo máximamente logrado de esas raíces históricas que los explican.

En segundo lugar, además de la característica de la singularidad o unicidad de la manifestación de la genialidad en la historia, es preciso considerar la necesidad de un estudio autónomo para su correcta interpretación científica. Sólo preservando la autonomía en el análisis del origen, naturaleza y peculiaridad del genio es que se garantiza un estudio realmente científico que pueda tener una relevancia para el conjunto de la cultura de un pueblo, como es el caso de los genios fundadores. En ese sentido es necesario relativizar juicios aparentemente categóricos y que pretenden otorgar una validez absoluta a sus afirmaciones. Entre estos juicios –que deben ser puestos entre paréntesis y analizados con mucho más cuidado- se encuentran aproximaciones muy generales a la naturaleza –e insuficientemente fundamentadas- de la genialidad como las siguientes: “La mayoría de los genios han sido homosexuales o la homosexualidad es un componente clave para entender el carácter propio del genio”. “La mayoría de los genios han sido judíos o su pertenencia a la cultura judía es clave para comprender su naturaleza”. “La mayoría de los genios han sido cristianos o el cristianismo es un elemento clave para entender la naturaleza del genio”. Considero que cualquiera de las tres afirmaciones anteriores comete el error de enfocar inadecuadamente el problema porque, de algún modo u otro, intenta explicar el fenómeno de la genialidad por elementos que son ajenos a su naturaleza. En la primera afirmación, se intenta explicar al genio por su condición u orientación sexual. Sin embargo, los (presuntamente) homosexuales Sócrates, Miguel Ángel y Oscar Wilde no son los únicos genios. Genios también son los heterosexuales Rousseau, Vallejo y Mariátegui, por ejemplo.

En la segunda afirmación, se comete el error de atribuir la genialidad a las raíces étnicas de un pueblo, como si la genialidad fuese patrimonio exclusivo o eminente de un pueblo en particular. Los judíos Kafka, Freud y Marx no son los únicos genios. Genios también son el hindú Siddharta Gauta (Buda), el chino Lao-Tse o el musulmán Mahoma. Basta con revisar mínimamente las historias culturales de los principales pueblos del mundo para entender que este juicio no puede ser absoluto ni definitivo. Es cierto que grandes genios famosos han sido judíos, pero no es cierto afirmar tan ligeramente que la mayoría de los genios son judíos o que existiría un vínculo profundo y misterioso entre el genio y la cultura hebrea. Como ha observado agudamente mi amigo Luis Alvizuri cualquier asimilación sionista del tema no hace justicia al estudio de la genialidad. Como Alvizuri igualmente señala, habría que aceptar varioss supuestos ideológicos para aceptar que una tesis semejante es válida.

Finalmente, una tercera afirmación, aquella que busca atribuir a la genialidad una conexión inextricable con el cristianismo no deja de ser menos válida, pues existen genios ateos, agnósticos, no creyentes, no cristianos. Los cristianos Newton, Pascal y Einstein no son los únicos genios. Genios también son Lord Byron, Percy B. Shelley y Darwin. La conexión cristianismo-genialidad se torna así igualmente artificial y frágil. ¿Vallejo fue cristiano? ¿Podríamos sostener que el hecho de que Vallejo no haya sido cristiano disminuye el carácter genial de su poesía humanista? En resumen, la genialidad no tiene que ver, en esencia, ni con la orientación sexual, ni con la pertenencia étnica ni con las creencias religiosas de los individuos en los que sí encarnan por otra parte ciertas características que, en mi opinión, permiten que podamos adscribirles la condición de genios fundadores de una nación.

No pretendo ser exhaustivo en la enumeración y desarrollo de las características que atribuyo a la figura del genio, pero sí considero que la ausencia de una o más de las siguientes características hace difícil que podamos atribuirle el carácter de tal a un individuo. En cierta forma, varias de estas características han sido mencionadas ya en el primer artículo que escribí sobre este tema y que mencioné al comenzar este artículo. Aquí me propongo sistematizar dichas ideas presentando una visión más analítica.

a) El genio se caracteriza por la singularidad de su aporte creativo. Es difícil ver un genio cuando se sigue fielmente la manera tradicional de pensar los problemas. Los genios se caracterizan por la manera original de presentar sus ideas, sentimientos, valores a través de sus diversas acciones y obras. El genio suele tener una mirada no convencional u ortodoxa de plantear y proponer soluciones a los problemas con los que se enfrenta.

b) El genio existe sólo cuando hay una afirmación de la voluntad individual cuyo desarrollo se engarza directamente con la historia cultural de un pueblo. Dante, Goethe, Nietzsche y Garcilaso de la Vega me parecen buenos ejemplos de esta característica del genio. En este sentido es posible afirmar lo siguiente: El genio es hijo de su época, pero su época es también deudora, en significativa medida, del aporte creativo del genio.

c) El genio es audaz, libre, espontáneo y sincero en su decir y en su actuar. Sus obras reflejan la transparencia de su moral y la honda espiritualidad de su ser comprometido con los valores e ideales morales que se expresan en sus obras. Como ha observado, Michael Foucault, la parresía (4) o franqueza en el decir en la conducta del genio es una rasgo típico que se expresa en la valentía y la sinceridad con que éste se atreve a dirigirse a sus contemporáneos, cara a cara, sin medias tintas y con su peculiar estilo expresivo.

d) La obra del genio tiene un carácter universal, permanente, duradero en el tiempo y en el espacio. El genio se distingue porque su obra si bien es deudora de su época histórica y de su cultura particular, su profundización en el tratamiento de la naturaleza humana, sus problemas y circunstancias son tales que dichos condicionamientos histórico-culturales no son óbice para reconocer que el valor de su producción creativa –al reflejar aspectos comunes a la naturaleza humana- es reconocible en la época actual y reactualizable y resemantizable, con las adaptaciones necesarias, a nuestra época actual. La facilidad con que podemos leer o traducir las obras del genio –haciendo los reajustes pertinentes- de acuerdo a un contexto espacio temporal determinado, pero manteniendo rasgos propios y esenciales, es una prueba elocuente de su carácter universal y trascendente. Las obras geniales nos siguen interpelando y dando mensajes vivos de humanidad pese a que entre nosotros y ellos puedan mediar siglos de tiempo y haberse producido en el ínterin cambios culturales significativos. La unidad de la obra genial le habla a la unidad de nuestra naturaleza humana. Por eso, por ejemplo, Homero (aceptando la discutible tesis de una autoría individual de esta obra) sigue siendo un referente fundamental en la Literatura Universal no sólo occidental.

e) El genio es, casi por regla general, una realidad insular. El genio es solitario por propia naturaleza. Y no me refiero a una soledad solamente física sino sobre todo metafísica o espiritual: en el plano de sus ideas, sentimientos, creencias, valores e ideales. De esta característica se desprende la natural incomprensión o rechazo inicial de su propuesta creativa. Al ser demasiado original la creación del genio que rompe con los paradigmas anteriores, no es posible –o en todo caso muy difícil- que este tenga hermanos en su misma época y contexto histórico. Por lo general los lazos espirituales profundos y conscientes entre genios vienen dados entre épocas y contextos diferentes. Así es más fácil hermanar espiritualmente entre sí a los genios (pertenecientes a distintos siglos y países) que hacerlo con sus propios coetáneos. Esto nos permite afirmar que la proximidad física no es siempre ni necesariamente sinónimo de un mejor comunicación o de un mayor entendimiento entre los hombres, sobre todo cuando sus diferencias son muy notorias.

f) El genio es manifestación sincera de las fuerzas de la Naturaleza. El genio es un hijo de la tierra. Nietzsche es un buen ejemplo de la fuerza explosiva propia del genio. Su fuerza no le viene solo de su naturaleza psicológica individual sino de la conexión de ésta con los fenómenos de la naturaleza en un sentido más bien cósmico o tal vez místico. El todo de su ser humano individual proviene y se conecta con e el todo de la naturaleza en su conjunto. El genio es un servidor y un escucha atento de la voz sabia de la Naturaleza. La iluminación que recibió Rousseau en Vincennes en 1749 es elocuente al respecto. La armonía de la obra genial es mímesis recreativa del orden intrínseco a los fenómenos de la naturaleza. La Naturaleza utiliza al genio como un intérprete de su sabiduría. Así, en gran medida, la calidad del genio viene dada por su capacidad de expresar la fielmente según su propia personalidad.

g) La genialidad es una realidad multifacética. Los genios generalmente son personas que por combinar de manera original la intuición, la imaginación, la sensibilidad y los conocimientos adquiridos producen fórmulas sumamente innovadoras. Pese a que podríamos decir que existen genios cuya fuerza se manifiesta más en un determinado sector del saber o la praxis humanas. De esta manera podríamos hablar de genios poéticos, genios de la pintura, genios musicales, genios científicos, genios religiosos o espirituales, genios políticos, etc. Lo más frecuente –tal como ocurría en el Renacimiento y en el mundo griego antiguo- es observar que los genios desarrollan un complejo tinglado de experiencias y conocimientos bajo la unidad de una existencia particular. Leonardo Da Vinci es el típico ejemplo de genio que reunía en su figura un conjunto suficientemente rico y variado de conocimientos dispares, alcanzados hasta la época renacentista, en la unidad de su persona.

h) La extravagancia, rareza o comportamiento atípico del genio como constante general de su comportamiento. No es por eso inusual o sorprendente que el genio sea visto como un endemoniado o un loco extravagante por sus contemporáneos o por un ser humano promedio. No son pocas las anécdotas que nos han dejado los historiadores de las distintas culturas acerca de la vida de varios genios famosos. ¿Es posible olvidar el comportamiento distraído de un Einstein, la necesidad de beber café en dosis extremas de Balzac, las constantes preguntas incisivas e irónicas de Sócrates frente a sus interlocutores, las poses megalomaniacas y radicales de Salvador Dalí o los comportamientos obsesivos y paranoicos de Van Gogh?

i) El genio se caracteriza por su precocidad intelectual, aprendizaje voraz y creatividad acelerada, abundancia en la producción de sus obras o por su muerte prematura, tal vez fruto del sobreesfuerzo de creatividad desbordante durante los años de infancia, adolescencia y juventud. Mozart, Mariátegui y Platón son algunos ejemplos interesantes. Mozart fue un niño prodigio para la música; Mariátegui escribió cientos de artículos en un lapso relativamente corto de tiempo hasta antes de morir a los 37 años; Platón nos ha legado una obra filosófica monumental, constituyendo su aporte uno de los más importantes para entender la historia espiritual de Occidente. Rimbaud, Percy Shelley y Mariátegui, fallecidos antes de cumplir los cuarenta años, son ejemplos de genios muertos en forma prematura, en plena efervescencia de sus potencialidades creativas.

j) La mitificación o legendarización del genio es un proceso que surge como consecuencia de la peculiaridad de su personalidad y de su obra en una unidad sintética dinámica que refleja una máxima coherencia entre pensamiento, palabra y acción. Ejemplos de este tipo de congruencia o coherencia existencial en sumo grado han sido Sócrates, Catón y Rousseau. Existe una interacción esencial entre el genio y el género humano. La humanidad necesita del genio así como el genio necesita de la Humanidad. El destinario natural de la obra del genio es sin duda la Humanidad, la especie humana en su conjunto. Sus obras por ello van dirigidas en forma eminente a una humanidad futura, potencial, utópica. Por otro lado, la humanidad beberá de las raíces puras de la inteligencia elevada, la fuerza moral y la nobleza espiritual a través de las obras del genio. El tipo de mitificación al que me refiero no consiste en una divinización de la figura del genio, sino en el reconocimiento de su superioridad intelectual, moral y espiritual al compararlo con los talentos y habilidades del ser humano promedio, portador de inteligencia, emociones y creencias religiosas fácilmente reconocibles y ubicables dentro de los estándares convencionales o institucionales establecidos. Es una cuestión de darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, para que cada quien tenga lo que le corresponde.

k) Entre algunas facultades características de su humanidad, el genio posee también una imaginación viva y poderosa, una intuición desarrollada, una sensibilidad fina y exquisita, una visión comprehensiva sobre el curso de varios acontecimientos futuros. El genio muchas veces se adelanta a los acontecimientos de su época presente por lo que su destino en vida es generalmente trágico.

Notas

(1) Artículo originalmente publicado el 18 de diciembre de 2009 en el Blog “Holismo Planetario en la Web” y posteriormente publicado el 23 de diciembre del mismo año en Red Filosófica del Uruguay.

(2) Cf. La dimensión aristocrática. Italia: Edizioni Progetto Gutenberg, 1995 y El contratste y el protagonista: ensayo filosófico. Lima: Lebyram, 1999.

(3) Mensaje de correo electrónico enviado por Luis Enrique Alvizuri a la cuenta gmail del autor de este artículo el 26 de diciembre de 2009.


(4) Foucault, Michael. Discurso y verdad en la antigua Grecia. Introducción de Ángel Gabilondo y Fernando Fuentes Megías Paidós I.C.E. /U.A.B, 2004.

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