jueves, 17 de junio de 2010

Rol del intelectual en la modernidad y en la posmodernidad, Karina García Abadiz

RESUMEN

Este artículo aborda las distintas conceptualizaciones del intelectual en el contexto de la posmodernidad y para ello, dialoga con el rol del intelectual en la modernidad, siguiendo las líneas teóricas del crítico uruguayo Ángel Rama, sobre todo, dos conceptos capitales: “transculturación” y “ciudad letrada”, buscando los antecedentes en el complejo Siglo XIX, sobre todo, deteniéndose en el intelectual Simón Rodríguez, tutor de Simón Bolívar y sabedor de la sociedad hispanoamericana. Todo lo anterior para hacernos reflexionar sobre nuestro quehacer intelectual latinoamericano actual.

1. La lógica viva y el final de la inocencia de las masas

El periodo de la Independencia, al quebrar la estructura social de la colonia, necesitó, en el proceso de organización de las nuevas naciones, de la elaboración de un saber que tuviera eco en la realidad y así, según lo señala Arturo Andrés Roig aparece “la semiótica como ineludible campo de trabajo”.

Entre aquellos proyectos del lenguaje encontramos a Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Eugenio María de Hostos, José Martí y también, Simón Rodríguez.

Este último, nos hablaba de que había pasado la edad de la inocencia de las masas, su proyecto tenía contemplado un espacio para la “educación social” de todo el pueblo, al que le reconocía un doble derecho: el de la propiedad y el de las letras; privilegios exclusivos de la clase dirigente colonial. Es esta radicalidad democrática del proyecto de Rodríguez, que le confiere un carácter excepcional en su época. Poco antes de su muerte reitera las ideas claves de su educación social, dándole un papel secundario a ese “leer, escribir y contar” impuesto en las escuelas primarias; dándole un papel prioritario al raciocinio que permitiría fundar las costumbres republicanas, en el mismo camino de una “lógica viva” que medio siglo después abordaría Carlos Vaz Ferreira. Nos dice:

Leer es el último acto en el trabajo de la enseñanza. El orden debe ser... Calcular-Pensar-Hablar-Escribir y Leer. No... leer-escribir y contar, y dejar la Lógica (como se hace en todas partes) para los pocos que la suerte lleva a los Colegios: de allí salen empachados de silogismos, a vomitar, en el trato común, paralogismos y sofismas a docenas. Su hubieran aprendido a raciocinar cuando niños, tomando proposiciones familiares para premisas, no serían, o serían menos embrollones. No dirían (a pesar de su talento): 1º Este indio no es lo que yo soy; 2º Yo soy hombre: Conclusión: Luego él es bruto; Consecuencia: Háganlo trabajar a palos.

Rodríguez (Rama, A., 2004: 92) razonó que las repúblicas no se hacen “con doctores, con literatos, con escritores sino con ciudadanos”, tarea doblemente urgente en una sociedad que la colonia no había entrenado para esos fines: “nada importa tanto como el tener Pueblo: formarlo debe ser la única ocupación de los que se apersonan por la causa social”.

Por ser un ardiente bolivariano, y conocer las dificultades que amargaron los últimos años del Libertador, Rama (2004:94) nos señala que Simón Rodríguez percibió la acción entorpecedora que desempañaba la ciudad letrada, como grupo intermediador que estaba haciendo su propia revolución bajo la cobertura de la revolución emancipadora y se plegaría a las aspiraciones de los caudillos. Es por eso que su incorporación a la escritura y las reformas ortográficas, que también se propuso, no se limitaron (como ocurrió en el caso de Andrés Bello) a un simple progreso de la educación alfabeta, sino que fueron más allá, y procuraron establecer un “arte de pensar” que coordinara la universalidad del hombre pensante moderno y la particularidad del hombre que pensaba en América Latina mediante la lengua española americana de su infancia.

Miren lo vigente que se vuelve lo que pensaba Rodríguez, considerado por muchos intelectuales, como un extravagante y loco: “no soy vaca para tener querencia ni nativo para tener compatriotas, nada me importa el rincón donde me parió mi madre ni me acuerdo de los muchachos con quienes jugué el trompo” porque ya la historia le había enseñado que el momento y la hora de nacimiento son de pura curiosidad, ya que “los bienhechores de la humanidad no nacen cuando empiezan a ver la luz sino cuando empiezan a alumbrar ellos.”
2. El concepto de mediación: la elaboración europea de una reflexión optimista.

Sentir que en la posmodernidad hay una ausencia de origen y propuesta, que no hay un significado, como decía Derrida, sino una cadena de significantes y que el mundo no es algo establecido sino una miríada de sucesos que no van a ninguna parte, como señala Foucault, nos libera, pero también nos condena a la ausencia de un rol para el intelectual.

Sin embargo, muchos teóricos visualizaron al intelectual con un rol de mediación. Noción clave en la dialéctica hegeliana y en su posterior análisis marxista, tanto en Marx como en Lenin y, actualmente, en Fredric Jameson (1991) además de la hermenéutica de corte fenomelógico de Paul Ricouer. La concepción de la mediación en la dialéctica da cuenta de instancias de interpenetración entre procesos supuestamente antagónicos, por ejemplo: hegemonía y subalternidad en Gramsci.

Por lo tanto, el intelectual es un mediador porque se coloca entre instancias antagónicas para intervenir o propiciar ciertos conflictos o conciliaciones. Atendiendo la línea marxista, abierta por Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, y León Trotsky en el proceso de la revolución rusa de comienzos del siglo XX, Antonio Gramsci intenta salir de ciertos conceptos esquematistas, en medio de los cuales, el gran parte del marxismo ortodoxo había quedado atrapado, como por ejemplo, la dicotomía mecanicista “infraestructura-superestructura”. Gramsci (2006) al romper este mecanismo binario, incorporando la noción de cultura3 al aparato de producción, propone dos nociones simbólicas que no son sólo materiales o productivas, como lo son de “hegemonía y subalternidad

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