viernes, 25 de junio de 2010

La música de las esferas, Esther Zorrozua

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS
15/10/2009 de ezorrozua

Siempre me ha intrigado esa afirmación de que las matemáticas están íntimamente conectadas con la música. Desde mi ignorancia y desde mi apreciación en la distancia, sólo les veo una relación: mis escasas dotes para lo uno y para lo otro. Sin embargo, por instinto, la música me atrae y puedo disfrutar con ella a un nivel puramente sensitivo, mientras que las matemáticas, en aquellas aburridas clases de colegio, no consiguieron despertar en mí ningún interés y se quedaron para siempre como parte de un enigma impenetrable.



Ahora que ya no las uso más que para la economía doméstica, (para lo que poco me han servido, por cierto, las sumas de polinomios o los sistemas de ecuaciones con tres incógnitas), y ahora que aquellos extraños teoremas ya no representan ninguna amenaza, tanteo en Google, por si, tantos años después, pudiera entrar por la puerta de atrás en aquel edificio en el que nunca fui bien recibida (quizá porque no conocía los protocolos) y me topo con Pitágoras, y me paro a saludarle, puede que sólo porque siento una especial querencia por las palabras esdrújulas. Así que decido darle una oportunidad. Y me entero de un montón de cosas interesantes.



Y leo que Pitágoras consideraba que la esencia última de la realidad se expresaba a través de los números, que los números eran el medio para percibir lo que de otra forma podría permanecer inalcanzable tanto para el intelecto como para los sentidos. Me mosqueo, porque intuyo que ya se las estaba dando de listillo, allá en la antigüedad griega. Pero continúo. Yo tampoco nací ayer. Quizá consiga pillarlo en la próxima esquina. A Pitágoras se le ha atribuido el descubrimiento de las proporciones de los principales intervalos de la escala musical. ¿Y este salto en el vacío? Para sus seguidores, (o sea que contó con otros zumbados que le hicieron el caldo gordo), las distancias entre los planetas —las esferas— tenían las mismas proporciones que existían entre los sonidos de la escala musical. Cada esfera producía el sonido que un proyectil hace cortar el aire. Las esferas más cercanas daban tonos más graves, mientras que las más alejadas daban tonos agudos. Todos estos sonidos se combinaban en una hermosa armonía: la música de las esferas.



Suena bonito y podía haberse quedado en el desvarío de un matemático que ha cenado unas setas alucinógenas, pero no acaba ahí la cosa, porque ahora entran también en el juego los filósofos. Para Platón, el mundo era concebido como un gran animal dotado de un alma propia. En el “Timeo”, uno de sus diálogos, afirma que el alma del mundo se había hecho de acuerdo a las proporciones musicales descubiertas por Pitágoras. Esto parece una epidemia. Pero no todos los pensadores de la antigüedad creyeron en la música de las esferas. Aristóteles, por ejemplo, otro esdrújulo, se mostraba escéptico ante estas creencias. Claro, Aristóteles era una fuente autorizada y gozaba de prestigio. Puede que por eso, o porque las modas siempre han sido pasajeras, el caso es que la teoría se desinfló sola. Hasta que en el fervor de la Edad Media, la creencia en algunas religiones de la existencia de ángeles en el universo junto con la música de las esferas, dio origen a lo que se conoció como “música celeste”. Fue un repunte, como los picos de la fiebre, que duró un tiempo hasta que las cabezas pensantes volvieron a pisar tierra.



No obstante, algunas teorías sufren flujos y reflujos sin que existan razones objetivas aparentes. Así que, Kepler, astrónomo alemán del XVII, logró resumir en tres leyes simples todos los datos sobre la posición de los planetas de que disponían en sus tiempos. Para su concepción del universo se apoyó en los mitos de Platón y en el sistema de Copérnico, que planteaba que el sol era el centro en torno al cual giraban los planetas, y estableció un modelo del universo basado en la geometría. Su aportación significó una ruptura con la tradición astronómica al describir las órbitas planetarias como elipses y no como círculos, y reconocer que la velocidad de los planetas varía al cambiar la posición en su órbita.



Tras años de investigación, en 1618, Kepler publica sus conclusiones en su libro “Las armonías del mundo”, en el que afirma que el movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces, para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus marcas en el inmensurable flujo del tiempo. Sigue sonando bien, pero parece poesía, no matemáticas. Quizá por eso me gusta.



Sin embargo, a finales del XIX, los físicos descubren que los rayos de emisión que se producen de una des-excitación del átomo se expresan mediante una fórmula única compuesta de números enteros, similares a los intervalos musicales. Y por si no fuera suficiente, en el XX el satélite TRACE (Transition Region and Coronal Explorer) de la NASA, confirma y refuerza las teorías de Kepler. Aunque éstas se basaban en la armonía universal, se ha descubierto que la atmósfera del sol emite realmente sonidos ultrasónicos e interpreta una melodía formada por ondas que son unas 300 veces más graves que los tonos que pueda captar el oído humano. Tanta insistencia y seguramente una inversión millonaria en el proyecto, presenta todos los indicios de ser algo más que el sueño de un matemático loco. Quizá haya que ponerse serios, porque tampoco acaba ahí la cosa.



Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas, consideradas entidades geométricas de una dimensión. Sus vibraciones se fundan en simetrías matemáticas particulares que representan una prolongación de la visión pitagórica del mundo y la recuperación, en la más moderna visión del mundo, de la antigua creencia en la música de las esferas. En este caso, Kepler conoce los procesos matemáticos aplicados en las teorías musicales y en las leyes de la armonía, y así consigue relacionarlo con las leyes matemáticas aplicadas a los conocimientos astronómicos de su época. Un autor visionario que formula teorías que siglos después, gracias al desarrollo tecnológico, consiguen confirmarse.



Y digo yo si no será que en los planes de estudio de las matemáticas y de tantas otras asignaturas no falla la metodología, porque si a mí me lo hubiesen contado en su momento de esta manera, me hubiesen dotado de un instrumento para volar en lugar de aplicarme una máquina de tortura.

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